Articulo de La Segunda


Articulo de La Segunda a Swingtiago
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La Segunda de la mano del periodista Max, realiza este maravilloso reportaje.

Aquí pueden leer el extracto de la noticia.

Parecía Nueva York de los años 30, pero era la esquina de Pedro de Valdivia con Nueva Providencia. De un pequeño parlante sonaba “Goody, Goody”, de Ella Fitzgerald, mientras una veintena de personas apuntaban la cámara de sus smartphones a cinco parejas que, sin trajes de la época ni puros ni copas de Martini, bailaban felices.

Era un “clandestino”, como llaman a estos espontáneos bailes en la calle, de los alumnos de “Swingtiago”, una academia fundada por dos españoles que al ritmo del swing enseña a alrededor de 250 personas. ¿Por qué aprender a moverse con este tipo de música, y no con salsa, merengue o cueca? Según el arquitecto español y fundador de “Swingtiago”, Alex Mollá, la respuesta es la felicidad.

“Tú ves a todos bailando, y no hay nadie serio. Es un baile de fiesta. Los bailes latinos son sensualidad, ligoteo. El swing no, porque es imposible que puedas ligar con una persona a dos metros de distancia, a toda pastilla, sudando”, dice, riendo.

Lo que se baila principalmente es “lindy hop”, un estilo de Harlem en Nueva York entre los años 20 y 30, con el jazz en pleno apogeo, y que luego se popularizó con la era del swing con movimientos de tap y charleston.

“Lollipop lollipop. Oh lolli lolli lolli. Lollipop lollipop”, suena en una sala de piso de madera y un par de ventanas con 16 personas que miran a la calle Santa Rosa. La canción del cuarteto femenino de los años 40 “The Chordettes” es uno de los temas que usan para ensayar lindy hop en la histórica “Casa de los Diez”, en la comuna de Santiago, lugar de artistas e intelectuales durante el siglo XIX. Mollá llegó a Chile en julio en 2014, y 15 días después lo hizo su entonces novia y pareja de baile, Laura Bel. Ambos tenían la misma preocupación: vivir en un país que no tenía idea de lindy hop.

En dos semanas lograron encontrar un lugar donde hacer clases. La primera fue el 1 de agosto en 2014. “Siempre he bailado, desde clásicos a danza árabe. Un día en Barcelona estaba paseando por la calle, y me encontré con gente bailando, y dije “wow…esta música también se puede bailar”, cuenta Bel.

Lo mismo le pasó al chileno Víctor Contreras, académico y asesor pedagógico del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes (CNCA), que cuando hizo un máster en España, se cautivó. “Fue increíble cuando los vi en la calle. Tomé clases intensivas en mis vacaciones. Con Alex y Laura teníamos amigos en común, y después cuando volví a Chile me contactaron para unirme como profesor”, revela. Lo que más les causa gracia a estos profesores —son nueve; tres españoles, cinco chilenos y una argentina— es que los chilenos están acostumbrados a los bailes con la cadera. “Eso de mover la cadera, esa sensualidad, como que no resulta con el swing. Uno suda como nunca. Es como zumba, pero más entretenido, porque es con pareja; no tienes una coreografía. Es pasarlo bien”, agrega Mollá mientras ve ensayando a unos sudados alumnos. La estudiante de traducción Camila Soto (22) es una de las que baila hace un año en una de sus sedes —Casa de los Diez, Providencia, barrio Italia y Bellavista—. “Es mucho más entretenido bailar esto que reguetón. Me encantaría que existiese un lugar fijo donde siempre suene esta música. A mi abuela le encanta; siempre me dice que ella ‘en sus años’ bailaba así”, relata, al terminar un paso.

Los precios de las clases varían dependiendo de cuántas horas se tomen en el mes: $5.000 una hora hasta $42.000 tres horas a la semana. Y entre los estilos que se pueden aprender están lindy hop, charleston, blues, balboa y shag. De hecho, mañana celebrarán Navidad con una banda en vivo en los clásicos juegos Diana. “No podemos cobrar los precios de Barcelona, porque somos conscientes de que hay gente que gana 300 lucas. Becamos a algunos que sabemos que venderían hasta sus zapatillas por bailar”, dice Mollá.

En España es común ver este tipo de bailes en clubes, bares y lugares públicos. De hecho, una de las actividades que más les gustan es bailar en la calle, una actividad a la que llaman “clandestinos”: se organizan a principio de mes y calendarizan cuándo y dónde será.

La primera vez fueron directamente a Carabineros para preguntar si estaba permitido. “Mientras no cobren, hagan lo que quieran”, les respondieron. “Estábamos bailando, y paró una patrulla. Ahí dije ya está. Fui corriendo, y el carabinero me pidió un folleto para conocer las clases. Ahí dije: esto va viento en popa”, dice Mollá.

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